martes, 28 de octubre de 2014

#06 La única vez que vencimos a Franklin Castellanos


Franklin Castellanos con uno de sus tantos equipos ganadores / Foto tomada de facebook


Por: Ernesto J. Navarro 

En la cancha de Campo Grande siempre se jugó voleibol y en la década de los 80 había torneos a cada rato. La petrolera Maraven, patrocinaba los inter-campos. Niños, jóvenes y adultos se integraban para representar a su localidad.

Pero los torneos no eran eventos fortuitos. De lunes a viernes al caer la tarde, la cancha se llenaba de mujeres y hombres de todas las edades que, por turnos y horarios, realizaban sus prácticas bajo la conducción del entrenador Franklin Castellanos.


Franklin no sólo enseñó voleibol, ha sido formador de jugadores destacados en el estado y en el país. Un hacedor de campeones durante décadas y por eso tiene el respeto del mundo deportivo.

Todo el mundo lo llama por su nombre: Franklin, a secas. Él nunca ostenta títulos, aunque los gana todos. Jamás le hizo falta irrespetar para que lo respetaran. Aún así, al cruzar el portón de la cancha él tenía el dominio.

La única vez que presencié el momento en que echó a un adolescente altanero de un entrenamiento, lo hizo salir de la cancha y aún así  no lo excluyó del todo: “Cuando quiera entrenar con disciplina vuelva”, solo eso le dijo. 

Alumno por invitación 
Empezando los 80, al salir de una película infantil, que daban los martes en el Club Alianza, alguien que no recuerdo, invitaba a niñas y niños a entrenar en la cancha para preparar el torneo que enfrentaría a equipos de todos los campamentos.

Unos días más tarde, a las cuatro en punto, Franklin sonaba el silbato y hasta las 6 o 7 de la noche, estábamos bajo su tutela. Así que por suerte del destino fui uno de sus alumnos.

Franklin Castellanos, maestro de campeones

Nos enseñó lo básico: calentar antes de jugar, dónde pararnos en la cancha, voleo, mancheta, remate, rotación y saque. Con el paso de las edades, fue preparándonos en la táctica y la estrategia de un deporte que no sólo necesita físico, sino mucha destreza.

Para mediados de los 80, Franklin ya era un entrenador respetado e imbatible. Como un Rey Midas del voleibol, cada seleccionado suyo tenía de antemano marca de campeón. Sus equipos eran invencibles y derrotarlo en su patio, en la cancha de Campo Grande, imposible.

Para cuando finalizó aquel torneo inter campos, el equipo minibol de Puerto Nuevo fuimos derrotados y finalizamos en un estruendoso cuarto lugar.

Habíamos debutado con ilusiones. Acudimos a cada partido puntuales y con nuestro uniforme impecable: una franelilla blanca con letras y orillas del cuello y mangas de color verde. En el pecho decía en semi círculo: Puerto Nuevo. En la espalda (también en semi círculo) Maraven y el número (8 era el mío).

Como Franklin entrenaba, armaba y dejaba listos a todo TODOS los equipos, la dirección de cada sexteto durante el campeonato era distribuida entre los miembros del comité de árbitros de Lagunillas. A nosotros, ese año, nos dirigió Richard Acosta.

Para cuando fuimos eliminados, la tristeza de la derrota era cambiada por carcajadas. Estábamos reunidos fuera de la cancha, por donde estaba la planta de hielo. Uno de los niños le preguntó a Richard la causa de la derrota ¿En qué fallamos? Richard lo miró muy serio, luego volteó y nos vio a todos: “Verga, es que ustedes son muy malos”. Todos nos cagamos de risa. 

Año escolar 1985-1986 
Yo estudiaba en la escuelita pública de Lagunillas: Grupo Escolar “Carlos Emiliano Salom”, aunque vivía en un campamento petrolero. Por una de esas trabas burocráticas de entonces, no podía estudiar en las escuelas de Maraven (pero eso no viene al caso).

Cruzábamos del quinto al sexto grado y por esos días nuestras fiestas escolares eran amenizadas con el disco “La Medicina 86” de Wilfrido Vargas. Podría decirse que aprendí a bailar merengue al tiempo que aprendía voleibol.

Luego de la derrota del torneo local, el destino parecía querer darme la satisfacción de la victoria. Pero eso aún no iba a saberlo aún.

Una mañana, el maestro de deportes de la escuela: Nemesio Ruíz, pasó por la puerta de los salones de quinto y sexto grado. Le pidió a las maestras que enviaran de inmediato a la cancha, a los niños que les interesara el voleibol.

Yo, que estaba fiebrúo con el voleibol, fui de los primeros en llegar a la canchita que estaba al lado del teatro. Era un rectángulo de cemento comido por los años, la pintura estaba casi desaparecida, los tableros de basquet no tenían aros y  -obvio- no tenía techo.

Nemesio nos formó en una fila, tomó dos balones de voleibol y al que estaba de primero le lanzó dos pelotazos sin dar tiempo a nada: ¡Volea! Y luego la otra pelota: ¡Mancheta! Yo estaba de tercero en la fila –lo recuerdo nítidamente- y cuando me lanzó los balones fui una total vergüenza. El primero me cayó en la cara y el seguido lo abaniqué.

Como a los dos anteriores (que también fallaron) me dijo sin mirarme: Al salón. Casi lloro, yo sabía jugar, Franklin me había enseñado, yo sabía todo lo que debía saber, de eso estaba seguro. No obstante en mi mente retumbaba la risotada de Richard (...es que ustedes son muy malos).

¿Pero saben qué? No me fui al salón y por primera vez en mi vida logré vencer esa timidez proverbial que me ha acompañado siempre y aprovechando que el maestro no me había mirado a los ojos, volví a meterme en la fila confiado en lo que había aprendido. Detrás de Nemesio ya estaban unos 5 niños que habían logrado volear bien.

Hice mi fila nuevamente, llegué al primer puesto decidido a no decepcionar (eso pensaba) a Franklin, mi entrenador. ¡Voleo! ¡Mancheta! Me gritó Nemesio. Esta vez lo hice a la perfección y ¡Zaz! En dos movimientos lo logré. Demostré que yo sabía jugar.

Cuando se acabó la fila unos 10 niños quedamos en la cancha y allí nos enteramos que, con ese grado de preparación, éramos la selección de voleibol del Carlos Emiliano Salom y en dos días debutaríamos en un torneo inter-escuelas de Lagunillas.

Allí, bajo la resolana de la canchita, Nemesio nos hizo una serie de preguntas más, creo recordar que eran para saber cómo pararnos en la cancha. Yo, que sabía todo de ese deporte, le dije con una seguridad pasmosa: Soy puesto 3. Y… el maestro lo aceptó sin reclamos.

Nos pidió que usáramos el short azul, la franela blanca y los zapatos de goma de educación física y por último nos entregó un cuadrito de tela que tenía un número pintado con moldes de letra y spray azul celeste. Maestro, ¿Me puede dar el 8? Y con ese jugué.

En ese equipo (recuerdo) estuvimos: 
1.Antonio “Pepito” Gutiérrez
2.Nasser Abusaid
3.Rolando Salazar
4.Deivis Roa
5.Un niño de nombre Euclides que no recuerdo el apellido
6. Jesús Manuel Rivero
7.Y yo
Los otros nombres los he olvidado y no logré ubicarlos con otros amigos.

El torneo 
Dos días más tarde, la directora Olivia de Inciarte nos despedía en el estacionamiento de la escuela como si partiéramos a las olimpiadas. Y en la parte de atrás de la camioneta pick up roja de Nemesio (que tenía pegados con tirro 2 afiches de Acción Democrática) partimos hacia la cancha de Sierra Maestra en Ciudad Ojeda.

En el primer juego, en aquella majestuosa cancha techada, debutamos contra la escuela Juan XXIII. Mi mamá me había blanqueado con cloro la franela de educación física, me cosió el numerito 8 en la espalda y hasta me lavó para que lucieran como de estreno, unas rodilleras azules que una vez me regaló Yadira Talavera. (Cuando llegué a la Universidad aún conservaba esas rodilleras como un tesoro de la infancia y luego tristemente las perdí en una de mis tantas mudanzas). Los vencimos sin contemplaciones en dos tiempos.

Nemesio estaba festivo y nosotros nos sentíamos confiados. Aunque para hacer honor a la verdad, no le fue difícil engranar nuestro equipo. La mitad de los niños había aprendido a jugar con Guillermo “linguín” Espinoza, que por años se dedicó a enseñar voleibol a niñas y niños de los barrios circundantes a los campamentos petroleros (Turiacas, Parate Ahí, Corea) y la otra mitad aprendimos con Franklin Castellanos.

Ese mismo día jugamos un segundo partido contra el Grupo Escolar Ciudad Ojeda. El capitán era un gordito que nos fulminó el primer tiempo con un fuerte remate desde el puesto 4. Así que obligados por la circunstancias, Jesús Manuel comenzó a pedirme que armara el balón que él podía rematar. Pepito también lo hizo. Así que como resultado, en tres tiempos, segunda victoria.

Ese día brindamos con maltas en la parte de atrás de la camioneta de Nemesio mientras volvíamos a la escuela.

En la segunda jornada nos despachamos a dos escuelas privadas y nos pavoneamos de ganarle a los sifrinitos esos del San Agustín y el Juan Bosco. Hoy parece corto y se dice rápido: 4 triunfos en fila nos pusieron en… 

Semifinales 
El maestro Nemesio nos felicitó por llegar a ese momento culminante del campeonato, pero nos advirtió que tendríamos un escollo durísimo. Nos tocaba enfrentar a la temida escuela Antonia Esteller que dirigía Franklin Castellanos.

Para mi fue una sensación muy rara, debía jugar contra mi entrenador y contra los niños con los que practicaba cada tarde en Campo Grande.

El equipo Esteller venía encabezado por Hebert Araujo. Un niño que con 10 u 11 años era ya un super atleta: jugaba béisbol, basquetbol, era campeón de 80 metros planos y saltaba como un canguro. De ese equipo (me perdonan los demás) recuerdo solamente a Pilón Pérez (hoy un gran entrenador de fútbol) pero en ese momento era el puesto 3. Un zurdo muy habilidoso que nos engañó todo el juego fingiendo que levantaría el balón y cruzándolo encima de la malla, para colocarlo en el huequito detrás del armador.

Nos amedrentó ese sexteto de Franklin que llegó en un bus Turislago a la cancha y con impecables uniformes blancos con vivos verdes. Pero esa mañana en Sierra Maestra, habíamos desembarcado de la pick up de Nemesio creyendo que podíamos ganar.

Fue un juego de infarto, que se jugó  a puntos extras los 3 tiempos disputados.

Y como suele sucederle a los mejores cuando la suerte y la inspiración acompaña a los pequeños, faltando 1 punto para terminar, Hebert Araujo se levantó para rematar, voló por encima de todos, sacó su brazo derecho y… la estrelló en la parte alta de la malla.

Nemesio pegó un grito que alborotó los nuestros. Habíamos comenzado ese torneo armando un equipo dos días antes del primer partido, y en ese momento estábamos allí venciendo al mejor equipo del mejor entrenador y con eso pasamos a la final.

En medio de la celebración, Franklin, le estrechó la mano a Nemesio, luego fue a buscarnos a Jesús Manuel Rivero y a mí, nos abrazó, nos felicitó. Yo estaba paralizado mirándolo, como necesitando su permiso para disfrutar del triunfo. Él sonrío y nos dijo: vayan a celebrar, se lo ganaron. Mañana tenemos entrenamiento.

Lo miré luego de lejos con su equipo alentándolos, habían hecho un gran partido.

La final de ese torneo fue en el colegio Juan Bosco contra la escuela Toribio Urdaneta de Las Morochas. Ese fue nuestro momento de gloria deportiva.

Luego de recibir un trofeo que levantamos y que más tarde Nemesio entregó a la directora de la escuela, apareció de la nada un bus escolar blanco de Transporte San Antonio (supongo que como eran los vecinos de la escuela fue su regalo para nosotros). Imagínense la alegría que le dimos a la escuela que nos buscaron un bus para retornar como campeones.

Volviendo a casa con mi franelita blanca del numerito cosido, estaba feliz por la victoria, pero sabía que para llegar allí dejamos en el camino al equipo más fuerte y además sería la única vez que íbamos a derrotar al invencible Franklin Castellanos.

Otro de los imbatibles equipos de Franklin

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